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Santiago les plantea a sus lectores una cuestión fundamental: si la finalidad de su vida es someterse a la voluntad de Dios o satisfacer el ansia de placeres de este mundo. Les advierte que, si el placer es el objetivo de su vida, lo único que van a conseguir son peleas, y odio, y divisiones. Dice que el resultado de una ansiosa búsqueda de placeres es polemoi (guerras) y maja¡ (batallas). Quiere decir que la búsqueda febril de placeres desemboca en unos resentimientos interminables que son como guerras, y en unas explosiones repentinas de enemistad que son como batallas. Los antiguos moralistas habrían estado totalmente de acuerdo con él.

Cuando miramos a la sociedad humana, vemos a menudo una masa hirviente de odios y peleas. Filón decía: «Considerad la guerra continua que prevalece entre las personas, hasta en tiempo de paz, y que existe no sólo entre naciones, países y ciudades, sino también entre casas familiares o, para decirlo mejor, está presente en cada individuo; observad la tempestad indeciblemente rugiente que se produce en las almas humanas, excitada por el violento acoso de los asuntos de la vida; y os preguntaréis si hay alguien que disfrute de tranquilidad en tal tempestad, o que mantenga la calma en medio de las olas turgentes de tal Marcos» 

La raíz de este conflicto incesante y violento no es otra cosa que el deseo. Filón advierte que los Diez Mandamientos culminan en la prohibición de desear o codiciar, porque esa es la peor de todas las pasiones del alma. "¿No es por esta pasión por lo que se rompen las relaciones y se cambia la buena voluntad natural en enemistad desesperada; y los países grandes y populosos quedan desolados por cuestiones domésticas; y tierra y mar se llenan de nuevos desastres de batallas navales y campos de batalla? Porque las famosas y trágicas guerras... todas surgieron de la misma fuente: el deseo de dinero, o de gloria, o de placer. Estas son las cosas que enloquecen a la humanidad.» Luciano escribe: «Todos los males que le vienen al hombre -revoluciones y guerras, asechanzas y matanzassurgen del deseo. Todas estas cosas proceden del manantial del deseo de más.» Platón escribe: "La sola causa de las guerras y revoluciones y batallas no es otra que el cuerpo y sus deseos:» Y Cicerón: «Son los deseos insaciables los que trastornan, no sólo a las personas, sino a familias enteras, y que hasta demuelen el estado. De los deseos surgen los odios, divisiones, discordias, sediciones y guerras.» El deseo es la raíz de todos los males que arruinan la vida y causan divisiones entre las personas. 

El Nuevo Testamento presenta con toda claridad el hecho de que este deseo arrollador de los placeres del mundo es siempre un peligro amenazador para la vida espiritual. Son los cuidados y las riquezas y los placeres de esta vida los que se asocian para sofocar la buena semilla (Lc 8:14 ). Una persona puede llegar a estar tan dominada por las pasiones y placeres que la malicia y la envidia y el odio invaden su vida y se apoderan de ella totalmente (Tit 3:3 ). 

La disyuntiva clave de la vida está en agradar a nuestra naturaleza caída o agradar a Dios; y un mundo en el que el fin principal del hombre es agradarse a sí mismo es un campo de batalla para la barbarie y la división.

 LAS CONSECUENCIA DE UNA VIDADOMINADA POR EL PLACER

Santiago 4:1-3 (conclusión) 

Una vida dominada por el placer tiene ciertas consecuencias inevitables. 

(i) Hace que las personas se lancen al cuello las unas de las otras. Los deseos, como dice Santiago, son poderes bélicos en potencia. No quiere decir que guerreen en el interior de la persona-aunque esto también es cierto-,sino que hacen que las personas estén en guerra unas con otras. Desean fundamentalmente las mismas cosas -dinero, poder, prestigio, posesiones terrenales, gratificación de las concupiscencias corporales. Cuando todos se esfuerzan por poseer las mismas cosas, la vida se convierte inevitablemente en un campo de batalla. Se pisotean unos a otros para llegar antes; harán lo que sea para eliminar a un rival. La obediencia a la voluntad de Dios agrupa a las personas, porque Su voluntad es que se amen y se sirvan mutuamente; pero la sumisión al ansia de placer distancia a las personas, porque las convierte en rivales potenciales para obtener las mismas cosas. 

(ii) El ansia de placer arrastra a las personas a acciones vergonzosas. Las impulsa a la envidia y a la enemistad; y hasta al asesinato. Para llegar a conseguir lo que desea, una persona tiene que tener una fuerza motriz en el corazón. Podrá privarse de cosas que su deseo de placer le impida hacer; pero, mientras tenga ese deseo en el corazón, no está a salvo. Puede explotar en cualquier momento haciendo algo que traiga ruina. 

Los pasos del proceso son sencillos y terribles. La persona. se permite desear algo. Aquello empieza a dominarle el pensamiento; se encuentra pensando en ello involuntariamente, tanto en la vigilia como en el sueño. Llega a ser para ella lo que se llama propiamente una pasión dominante. Empieza a imaginar maneras para obtenerlo, que pueden implicar eliminar a los que se interpongan. Esto puede mantenerse en su mente cierto tiempo; y de pronto, de la imaginación pasa a la acción; y puede que se encuentre dando pasos terribles que son necesarios para la consecución del objeto de su deseo. Todos los crímenes del mundo empiezan por un deseo que en un principio no es más que un sentimiento del corazón pero que, abrigado largo tiempo, acaba por llegar a la acción.

(iii) El ansia de placer acaba por cerrar la puerta de la oración. Si las oraciones de una persona se limitan a aquellas cosas que pueden gratificar sus deseos, son esencialmente egoístas; y, por tanto, no es posible que Dios las conceda. El fin verdadero de la oración es decirle a Dios: «Hágase Tu voluntad.» La oración de la persona dominada por el deseo del placer es: «Que se cumplan mis deseos.» Es indudable que los egoístas no pueden orar como es debido; nadie podrá nunca orar como se debe orar si no ha desplazado su ego del centro de su vida, y ha dejado que sea Dios Quien lo ocupe. 

En esta vida tenemos que escoger entre nuestros deseos y la voluntad de Dios. Si escogemos nuestros deseos, nos alejamos de nuestros semejantes y de Dios.

 
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